Baruj Garzon

Sefarad: La fuerza de la fe y de la tradición

Definición:
Sefarad es el nombre que los judíos dieron a la península ibérica en la que estuvieron presentes desde tiempos inmemoriales hasta la expulsión decretada por los Reyes Católicos en el año 1492, y Sefardíes son los descendientes de aquellos judíos que vivieron en la península ibérica.

Breve historia:
Llegados de la tierra de Israel, ya en los remotos tiempos del rey Salomón, según cuenta la leyenda, residieron primero en ciudades costeras, poblando paulatinamente el interior de la península, hasta que los reyes visigodos, pusieron trabas a su libertad. La normalidad se restableció con la llegada de los musulmanes en el siglo VIII, dando comienzo a la llamada “edad de oro” del judaísmo peninsular. Florecieron entonces estadistas como Jasday ben Shaprut, estrategas militares como Shemuel ha-Naguid, poetas como Yehudá ha-Levy, Soleó ben Gabirol, o Mosé ben Ezrá, exploradores, como Benjamín de Tudela, y filósofos como Maimónides, pero sobre todo una clase media laboriosa compuesta de médicos, artesanos, campesinos, ganaderos, viñateros y comerciantes.

La invasión de los fanáticos almohades empujó a los judíos hacia los reinos cristianos septentrionales cuando ya avanzaba la Reconquista. Allí también los judíos continuaron ejerciendo su función de puente entre los distintos estratos sociales, entre pueblos y reinos a cuyo progreso contribuyeron merced a su elevado nivel cultural y a su capacidad para aprender y emplear nuevas lenguas y dialectos. Mientras Europa permanecía sumida en las tinieblas de la Edad Media, nacía así en la península ibérica, una civilización floreciente cuya influencia en el pensamiento occidental apenas se empieza a estudiar.

En el siglo XIV varía el mapa de las juderías españolas como consecuencia de los lamentables sucesos ocurridos en 1391, en el curso de una trágica oleada de motines antijudíos y el 31 de Marzo de 1492, un decreto de los Reyes Católicos ordena la expulsión de sus reinos de todos los judíos que no quisieran abandonar su religión para abrazar la fe cristiana. En palabras del cura de los Palacios: “...se dirigían a los puertos y las fronteras, iban unos cayendo, otros levantando; unos muriendo, otros naciendo, otros enfermando; que no había cristiano que no hobiese dolor dellos”. En su marcha hacia el forzoso exilio, los expulsados cruzaron las fronteras de España dejando atrás todo sus bienes materiales pero ni un ápice de la riqueza espiritual y cultural que durante siglos, habían creado y compartido con sus conciudadanos de otros credos.


La diáspora sefardí:
Tras la expulsión de 1492, los judíos de Sefarad se dispersaron en varias direcciones, formando nuevas comunidades en Europa, en Asia, en Africa y, poco después, en América. Llevaban consigo la lealtad a sus tradiciones hispanas y también, inexplicablemente para muchos, aquello que el poeta citado por el Gran Rabino Salomón Gaon en el inolvidable discurso que pronunció en 1991 durante la ceremonia de entrega del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia a las Comunidades Sefardíes, “el imborrable recuerdo de aquella madre que los había expulsado de su seno”. Afortunadamente, no tuvieron éxito aquellos que habían pretendido herirlos de muerte. Los sefarditas conservaron intactos su arraigo a los rasgos identificativos de lo hispano y su fidelidad a la religión de sus antepasados. También en la propia España permaneció vivo el fermento judío en el alma de numerosos judeoconversos o criptojudíos, algunos de ellos miembros de familias ilustres o grandes figuras de la política, de la mística y de las letras.

La lengua hablada por los Sefarditas en su nuevo exilio, siguió siendo la de los españoles del siglo XV, la misma que llevaron consigo al Nuevo Mundo, los conquistadores. Porque sonaba a latín, los que la escuchaban, le dieron el nombre de latino o ladino. La base principal del ladino o judeoespañol, era la lengua castellana que con el correr del tiempo fue enriqueciéndose con la inclusión de vocablos y expresiones de los países de su nueva diáspora.

El legado sefardí:
Esos “españoles sin patria” como bien los calificó el Dr. D. Angel Pulido, conservaron en la memoria y transmitieron fielmente los recuerdos que de sus reinos o provincias se habían llevado consigo y hasta hoy, una buena parte de los Sefarditas nos seguimos casando según el rito “de las Comunidades de los expulsados de Castilla”. Entre esos recuerdos sefardíes, enriquecidos por el tiempo como el buen vino, ocupan un lugar destacado los cuentos, las consejas, los refranes, las costumbres culinarias y sobre todo, la tradición musical y el cancionero. Todo ello enriquecido por el sentimiento de pertenecer a una cierta elite, la inevitable nostalgia, y una creatividad que jamás se ha desmentido y que llegó a producir importantes obras de exégesis bíblica, de ética y filosofía, e incluso novelas, prensa y teatro sefardíes.

La historia de los sefarditas es una página de la historia cultural y del pensamiento en la que brilla la perseverancia de la memoria colectiva, el respeto a la tradición y una acendrada y a la vez sonriente religiosidad, dignas de ser estudiada atentamente en estos tiempos de fanatismo o de superficialidad y modas fugaces.

El desafío:
Los españoles de hoy se conmueven y asombran al oír lengua de sus antepasados, hablada y cantada por los sefarditas, en una Sinagoga de Londres, en el bazar de Estambul, en el Mercado de las Flores de Seattle, o en las calles de Jerusalén. Pero una vez superada la emoción deberíamos esforzarnos todos por rendir a tanta fidelidad el justo homenaje que merece, asegurando al sefardismo un futuro digno en el marco de la cultura hispana y valorando en su justa medida, como en su día lo hiciera el Sultán turco que acogió a los exiliados en sus dominios, el tesoro de afectos y promesas que los sefarditas y el conjunto del pueblo judío representan para España y para Europa.

Este Congreso Mundial puede, y creo, debería, marcar un hito en el camino del retorno a Sefarad y del reencuentro entre dos pueblos nacidos para crecer juntos. A los sefarditas -españoles de siempre- y a los españoles y europeos de mañana, nos espera una tarea común, un desafío: Hacer realidad ese mundo de multiculturalidad y pluralismo en concordia, que vislumbramos ayer en Sefarad y ahondar en las raíces de nuestra común identidad espiritual. La presencia de tantas ilustres personalidades en este Congreso Mundial, es el mejor augurio para el proyecto que nos une. Como dijo el gran Binyamín Zeev Herzl a propósito de otro sueño judío que felizmente se hizo realidad en nuestros días: “Im tirtsú, en zo agadá...Si vosotros queréis, esto no será una leyenda”.


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