Ennio Bispuri
Texto dobre Giorgio Perlasca
El extraordinario
Congreso SEFARAD MUNDIAL, que estos días se
celebra en Barcelona, representa una gran ocasión,
para los italianos, para poder hablar y reflexionar
sobre un hecho histórico de excepcional importancia,
al centro del cual se encuentra Giorgio Perlasca,
quien, a riesgo de su vida, cuando se encontraba en
la Budapest de 1944-1945 ocupada por los Nazis, obedeció
a su conciencia de hombre justo y salvó la
vida a 5.200 judíos húngaros destinados
a una muerte cierta.
Deseo, pues,
ilustrar a grandes rasgos el perfil biográfico
de Giorgio Perlasca y hacer también hincapié
sobre su empresa, que, al igual que hizo Oskar Schindler,
no sólo honra a su protagonista, sino también
a toda la humanidad. Giorgio Perlasca nació
en Como el 31 de enero de 1910, pero a los pocos meses
de su nacimiento, sus padres se trasladaron con toda
la familia a Maserà, en los alrededores de
Padua.
Cuando tan sólo
era un adolescente, a mediados de los años
Veinte, Giorgio Perlasca, gran admirador de D’Annunzio
y de las doctrinas nacionalistas italianas, adhirió
con plena convicción al Fascismo, hasta el
extremo que, para defender las ideas de D’Annunzio,
se peleó duramente con un profesor suyo y por
este motivo fue expulsado un año entero de
todas las escuelas italianas.
Aún no
tenía 26 años cuando, convencido de
que iba a prestar su aportación personal a
la política extranjera del Fascismo, se alistó
como voluntario, primero en la conquista de Etiopía
y luego en España, donde combatió tres
años en un regimiento de artillería
al lado del general Franco. Fue entonces cuando Perlasca
aprendió el español, que sería
decisivo para la acción de salvamento de los
Judíos Sefarditas en los meses finales y más
terribles de la segunda guerra mundial.
A su regreso
a Italia en 1939, al final de la guerra civil española,
su relación con el Fascismo entró en
crisis. Hombre de grandes ideales e infinita bondad,
Giorgio Perlasca no aprobaba la estrecha alianza que
el Fascismo había establecido con Alemania
y, sobre todo, rechazaba las leyes raciales entradas
en vigor en 1938 que representaban una explícita
persecución de los judíos italianos.
En su interior, abandonó el Fascismo, aunque
sin llegar a convertirse en un antifascista. Este
disenso lo vivió siempre en silencio, como
una especie de derrumbamiento de las ilusiones, como
una gran desilusión y un alejamiento de los
ideales que había alimentado en su juventud.
Después
de la entrada en guerra de Italia como aliada de Alemania,
en 1940, fue enviado como encargado de negocios con
categoría de diplomático a los países
del Este, para comprar carne para el ejército
italiano.
El 8 de septiembre
de 1943, cuando entre Italia y los Aliados se firmó
el armisticio, que significaría una profunda
grieta entre el Fascismo y la Monarquía, Perlasca
se encontraba en Budapest. Sintiéndose vinculado
por el juramento de fidelidad prestado al Rey de Italia,
rehusó adherir a la República Social
italiana y por ello, estuvo recluido por algunos meses
en un castillo húngaro destinado a los diplomáticos.
Mientras tanto
los alemanes, con un golpe de estado, tomaban el poder
en octubre de 1944 y confiaban el gobierno húngaro
a las Cruces Flechadas, o sea a los nazis húngaros,
que con inaudita barbarie realizaron persecuciones
sistemáticas, actos de violencia y deportaciones
contra todos los ciudadanos de religión judía.
A principios de diciembre de 1944, en una ciudad reducida
al hambre, gobernada por el partido filo nazi húngaro,
campo de acción de las operaciones científicas
de deportación de Adolf Eichmann, Perlasca
se encontraba en la Embajada española. La situación
se puso dramática cuando el Reich alemán
quiso proceder al traslado de los diplomáticos
de Alemania. Aprovechando un permiso en Budapest para
una visita médica, Perlasca logró huir.
Se escondió primero en casa de algunos conocidos,
y pudo volver a la embajada de España. Como
combatiente de la guerra civil española tenía
un documento firmado por el General Franco que decía
"querido camarada, en cualquier parte del mundo
te encuentres, dirígete a las Embajadas españolas."
Así pues, se convirtió en ciudadano
español, consiguiendo un pasaporte en toda
regla, a nombre de Jorge Perlasca y empezó
a ayudar al embajador español Sanz Briz en
la obra humanitaria de protección que España
ya estaba llevando a cabo junto con las demás
potencias neutrales presentes en Budapest (Suecia,
Portugal, Suiza, Ciudad del Vaticano) con la emisión
de salvoconductos para proteger a los ciudadanos húngaros
de religión judía. El primero de diciembre
de 1944 Sanz Briz, que se negaba a reconocer el gobierno
filo nazi de Szalasi, se vio obligado a dejar Budapest
y Hungría, y se refugió en Suiza.
El día
siguiente, el Ministerio del Interior del Gobierno
húngaro, enterado de la salida de Sanz Briz
de Budapest, mandó desalojar las casas protegidas.
Fue entonces
cuando Giorgio Perlasca decidió arriesgar su
vida para salvar los Judíos refugiados en las
casas protegidas por la embajada española.
Ante los milicianos húngaros que habían
venido para registrar las casas, Perlasca exclamó
"¡Suspendlo todo! ¡Os estais equivocando!
Sanz Briz ha ido a Berna para comunicar más
fácilmente con Madrid. La suya es una misión
diplomática importantísima. Informaos
en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Existe una
expresa nota de Sanz Briz en que me nombra su sustituto
en su ausencia." Le creyeron y se suspendieron
las operaciones de registro.
El día
siguiente, en papel con membrete oficial y con sellos
auténticos, rellenó de su puño
y letra su propio nombramiento a Cónsul español
que presentó en el Ministerio de Asuntos Exteriores,
donde sus credenciales fueron aceptadas sin ninguna
reserva.
Así comenzaron
los 45 terribles días, en los que, siempre
arriesgando la muerte, Giorgio Perlasca, en calidad
de cónsul y único regente de la Embajada
española, logró salvar a más
de 5.000 húngaros de religión judía
hacinados en las "casas protegidas" a lo
largo del Danubio, sustrayéndolos a la deportación
y a los campos de concentración en Alemania,
protegiéndoles y alimentándoles día
tras día. Organizó su resistencia; consiguió
dinero y comida; negoció como un verdadero
diplomático con los nazis; falsificó
certificados, firmó papeles oficiales, negoció
la liberación de prisioneros, todo y conociendo
los riesgos mortales que corría. Les protegió
de las incursiones de las Cruces Flechadas, fue con
Wallenberg, el encargado personal del Rey de Suecia,
a la estación para tratar de recuperar a los
protegidos, negoció a diario con el Gobierno
húngaro y las autoridades alemanas de ocupación,
enseñándoles los salvoconductos emitidos,
a través de la embajada, por el gobierno español,
gracias a una ley aprobada en 1924 por Miguel Primo
de Rivera que reconocía la ciudadanía
española a todos los judíos de ascendencia
sefardí dispersados por todo el mundo. La ley
Rivera fue la base legal de la operación organizada
por Perlasca que exactamente le permitió salvar
a 5218 Judíos húngaros.
Concluyó
su tarea a la llegada de la armada Roja a Budapest.
Los soviéticos le condenaron a trabajos forzados
por ser español y fascista. A los ocho meses
y después de un largo y rocambolesco viaje
por los Balcanes y Turquía, por fin, Perlasca
logró volver a Italia, pero no le contó
a nadie lo que había hecho. De héroe
solitario se conviertió en un "hombre
cualquiera": llevó una vida del todo normal
y, encerrado en su discreción, no le cuentó
a nadie, ni siquiera a su familia, su historia de
valor, altruismo y solidaridad.
Pero, a principios
de 1990, algunas mujeres judías húngaras,
que eran tan sólo unas chiquillas en la época
de las persecuciones, a través del periódico
de la comunidad judía de Budapest, buscaron
noticias de aquel diplomático español
que durante la segunda guerra mundial las había
salvado. Fue así, también gracias a
los periodistas italianos Gianni Minoli y Enrico Deaglio,
como la historia de Giorgio Perlasca salió
del silencio.
Los testimonios
de los salvados fueron numerosos, empezaron a llegar
los periódicos, las televisiones, los libros,
y el mismo Perlasca fue a las escuelas para contar
lo que había hecho. Ciertamente, no por protagonismo,
sino porque creía necesario dirigirse a las
jóvenes generaciones para que locuras como
esas jamás vuelvan a repetirse. Giorgio Perlasca
falleció a los 82 años el 15 agosto
de 1992 y está enterrado en el cementerio de
Maserà, a pocos kilómetros de Padua.
Quiso que le enterrasen en la tierra desnuda y sobre
su lápida quiso que se escribiese sólo
una frase en Hebreo: "Justo entre las Naciones."
Millares de personas acudieron a sus funerales, a
pesar de ser época de vacaciones. Centenares
de telegramas llegaron a su familia, desde todos los
lugares del mundo. Fue, en su época, Gran Oficial
y Comendador de la República italiana, Justo
entre los Justos de Yad Vashem, ciudadano honorario
de Israel, Estrella de Oro del Parlamento húngaro,
miembro honorario del Holocaust Memorial Council de
Washington y del comité Raúl Wallemberg
de Nueva York, Comendador de la Órden de Isabel
la Católica por decreto del Rey de España
Don Juan Carlos I. Cuando recibió ese premio
en Roma, en la espléndida sede de la Legación
española en el Gianicolo, Giorgio Perlasca
dio las gracias en perfecto español, recordando
que todo cuanto hizo, lo hizo "bajo las insignias
de España" pero luego, con una sonrisa,
comentó: "¡Sin embargo, fue Isabel
la Católica la que echó a los judíos
de España!"
La historia de
Giorgio Perlasca ya es conocida en el mundo entero,
gracias también a la excelente película
producida por la televisión italiana, dirigida
por Alberto Negrin y a la impecable interpretación
de Luca Zingaretti, que ha reconstruido fielmente
toda la aventura del salvamento de tantos judíos
húngaros, destinados a una muerte segura.
Ante una acción tan valerosa y arriesgada deberíamos
preguntarnos “¿Porqué Giorgio Perlasca
actuó así?” y “¿Porqué
guardó silencio durante casi medio siglo?”
La storia di
Giorgio Perlasca è ormai conosciuta in tutto
il mondo, grazie anche all'eccellente film prodotto
dalla televisone italiana, per la regia di Alberto
Negrin e l’ottima interpretazione di Luca Zingaretti,
che ha ricostruito fedelmente l’intera vicenda del
salvataggio di tanti ebrei ungheresi, destinati alla
morte certa.
Releyendo con
atención los dos informes que Perlasca escribió
después de la guerra, uno para el Gobierno
español y otro para el escritor húngaro
Jeno Levai es posible, por lo menos en parte, contestar
a las dos preguntas.
El primero de
los informes, fechado en junio del ’45, lo escribió
casi para disculparse por haber usurpado un papel
que no era el suyo, pero por haberlo echo por el bien
y el honor de España. Así terminaba
este informe: “me permito creer que la gravedad de
la situación y la necesidad inderogable de
salvar con cualquier medio la vida de millares de
personas, puedan justificar la singularidad, quizás
sin precedentes, de la posición que he tomado
con respecto a la Legación de España
en Budapest. Me atrevo a pensar que el rotundo éxito
de mi obra, por sus altas calidades humanitarias,
no menoscaba el decoro de España ni sus grandes
tradiciones civiles. . . “
En el segundo
informe, denominado memorándum, narraba de
manera neutral e impersonal, casi como testigo y no
como protagonista, aquellos terribles 45 días,
sólo para reconstruir una verdad histórica.
En ambos informes,
Perlasca creía sencillamente que había
cumplido con su deber y que, precisamente por ello,
no esperaba obtener recompensa alguna.
Aunque había
abandonado el Fascismo desde la época de las
desafortunadas leyes raciales, Perlasca hacía
hincapié en el hecho que nunca se había
vuelto antifascista y que nunca había renegado
de su pasado, empezando desde su participación
como voluntario en la guerra civil de España
en el bando de los franquistas. En aquellas notas,
el papel de España se destacaba más
bien como el de un País que había contribuido
a salvar, y no sólo en Hungría, a millares
y millares de judíos. Así tuvo ocasión
de escribirle en 1991, un año antes de su muerte,
a Su Majestad el Rey de España Don Juan Carlos
I,: “ha sido para mí un gran placer trabajar
por cuenta de España, país al que siempre
me han ligado tantos vínculos, por la salvación
de tantas vidas humanas y lamento no haber podido,
o sabido, hacer más”
Toda su historia
ya habría podido conocerse desde la primera
posguerra, pero nadie tuvo la voluntad, las ganas
o, quizás, la conveniencia de darla a conocer.
El embajador
español Sans Briz, que en la historia de Perlasca
desempeñó un papel de gran importancia,
continuó con su carrera diplomática,
incluso como embajador en la Santa Sede en los años
‘60, pero nunca quiso reconocer el papel de Giorgio
Perlasca y fue, por lo tanto, cómplice de su
silencio. Pero, por suerte, el tiempo ha restablecido
la verdad histórica y moral, devolviéndole
a Giorgio Perlasca y al mundo entero el papel de justo
que él tuvo. Pero el silencio de Giorgio Perlasca
fue debido al hecho que él creía que
simplemente había cumplido con su deber. A
todos aquellos que posteriormente le han preguntado:
“¿Porqué lo ha hecho?”, Perlasca siempre
les ha contestado: “¿Usted, qué habría
hecho en mi lugar, viendo matar a gente indefensa
sin ningún motivo?” Era pues una convicción
absoluta de Perlasca la de que quien cumple con su
propio deber, no tiene que ser premiado por ello.
Además tanto España como los Gobiernos
de las potencias neutrales que habían cooperado
con él en el rescate de los judíos y
el mismo gobierno italiano conocían muy bien
todo lo que Perlasca había hecho, pero todos
ellos se lo han callado. En sus diarios Perlasca recuerda,
entre otras cosas, su encuentro con el nuncio Pontificio,
Monseñor Rotta, al que en confesión
reveló que no era un español sino un
italiano, pidiéndole que avisara a su familia
si algo le llegase a suceder. Pero nadie se acordó
de nada. ¿Qué habría tenido que
hacer? ¿Tratar de vender su historia para obtener
algo a cambio? Esto no entraba ni en su carácter,
ni en su estilo. Quizás pensara que a nadie
le interesaba saber lo que había sucedido.
Era difícil de creer que un italiano solo,
sin ayuda exterior, haciéndose pasar por cónsul
español, arriesgando su vida a cada minuto,
en aquellos terribles 45 días hubiese podido
salvar a 5200 personas.
Fue gracias a
los periodistas Gianni Minoli y a Enrico Deaglio,
con un programa de televisión y un libro y
posteriormente con una película, que el mundo
ha podido comparar la obra de Perlasca con la de Oskar
Schindler. Solo entonces empezaron a llegar las condecoraciones:
en Israel, en Hungría, en los Estados Unidos,
en España y en Italia.
La película
sobre Perlasca, producida por la televisión
italiana e interpretada por Luca Zingaretti, ha puesto
de modo ejemplar un broche de oro a lo que Perlasca
hizo con toda humildad. Hace diez años el gran
actor americano Tony Curtis ya se había interesado
por Perlasca. Tony Curtis, que se llama en realidad
Schwarz, es un judío húngaro que, después
de haberse vuelto rico y famoso, se ha comprometido
mucho en mantener la memoria de los judíos
húngaros aniquilados por la barbarie nazi.
Ha incluso financiado la reconstrucción de
la gran sinagoga de la calle Dohany, que representaba
uno de los grandes símbolos del judaísmo
europeo. Los guionistas y el director de la película
un día llamaron por teléfono a Tony
Curtis para pedirle consejo sobre como transformar
su historia en una película. Él, sin
vacilar, les contestó: “Un hombre solo contra
toda la ciudad. Un caballero que actúa como
tal. Ésta es la película sobre Perlasca.”
La metáfora
de toda la historia podría tal vez estar representada
por los versos de la tradición judía
sobre los 36 Justos de Israel.
En el mundo siempre
existen 36 hombres justos y nadie sabe quienes son,
ni tampoco ellos mismos saben que lo son. Llevan sobre
sus espaldas la suerte y el destino del mundo y representan
el motivo por el cual Dios no lo destruye.
Éste fue pues Giorgio Perlasca: un héroe
italiano y uno de los 36 Justos de Israel.
(Ennio Bìspuri, Director del Instituto Italiano
de Cultura de Barcelona)