Gustavo D.
Perednik
“Los judíos vistos por los medios de difusión”
Síntesis de la
ponencia
Resulta
extraño que la única democracia del
Medio Oriente, rodeada por regímenes atroces,
un país mucho más pequeño que
Cataluña, que ha conseguido hacer reverdecer
el desierto, alcanzar la más alta tecnología,
revivir el milenario idioma, en fin, una nación
con tantos logros, no despierte en Europa admiración
sino encono.
¿Cómo comprender que el Estado cuya
creación era indispensable para salvar a millones
de vidas de las garras de Europa, haya despertado
en Europa la más sostenida hostilidad?
Una de las explicaciones es que los medios europeos
han denigrado a Israel a tal punto, que su imagen
en la conciencia colectiva es pésima. Sí,
los medios de prensa tienen una deuda moral con el
Estado de Israel y con el pueblo judío.
Me permito señalar tres de los mecanismos por
los cuales la media ha obrado para enlodar la figura
del Estado judío. Uno es el ocultamiento parcial
de la realidad; otro, el vaciamiento semántico;
el tercero, la demonización.
El
periodismo europeo distorsiona la realidad como para
que el enemigo siempre sea Israel. Aun cuando las
víctimas de un episodio sean israelíes,
se las ingeniarán para mostrar “las culpas
judías”. Israel siempre es culpable. Cuando
la realidad no colabore suficientemente, pues se procede
a transformarla. Así fue en el caso de Jenín.
Se protestó apasionadamente por una supuesta
“masacre”. La masacre de Jenín era el titular
de los diarios.
Cuando finalmente se mostró que no sólo
no hubo tal matanza de palestinos, sino que el elevado
número de soldados israelíes caídos
había sido consecuencia del cuidado que el
ejército hebreo había puesto para evitar
la muerte de civiles inocentes, entonces los medios
se limitaron a hacer el tema lado. Jamás se
rectificaron del libelo inicial. Aun cuando las Naciones
Unidas (a las que no las caracterizan simpatías
por el sionismo) admitieron que en Jenín, Israel
había procedido correctamente, los medios que
habían propagado la mentira de la “masacre”
no se hicieron eco de la corrección. La verdad
quedaba ocultada para no permitirle a Israel eludir
su ubicuo rol de verdugo.
El segundo método, el vaciamiento semántico,
consigue que las palabras pierdan su sentido prístino
y de este modo confundan al lector. Un término
como “suicida”, despierta conmiseración. Nos
compadecemos de la persona que, en un arrebato de
depresión o sufrimiento, se autodestruye. Sin
embargo, los terroristas palestinos son suicidas sólo
de paso. Su principal papel es ser asesinos de civiles
inocentes, de niños en un ómnibus escolar,
de familias en un restaurante. Además, se suicidan.
Lo fundamental es que matan.
La palabra terrorismo también es vaciada cuando
se la relativiza tanto que “un poco terrorista fue
Osama en las torres, y otro poco fue Bush en Afganistán;
un poco la OLP y un poco Israel...” Así, todos
terminamos siendo terroristas –y por lo tanto nadie
lo es. Y no hace falta ser profesor de Harvard para
entender qué es el terrorismo: el accionar
que tiene como objetivo asesinar al mayor número
posible de civiles, y jactarse de ese asesinato masivo.
Todo acto terrorista debe ser condenado, sin importar
quién es la víctima y quién el
victimario. Pero para la prensa europea el terrorismo,
si es antijudío, no solamente pasa a merecer
cierta comprensión, sino que deja de ser terrorismo
y pasa a denominarse “guerrilla” o “militancia”.
Un tercer concepto que perdió significado en
la prensa, es paz. Se lo utiliza para referirse a
“tratados políticos” o a un proceso que lleve
a esos tratados. Un “militante de la paz” puede ser
al mismo tiempo quien arroja una bomba contra un supermercado,
siempre y cuando esté a favor de cierto proceso
político. La paz pierde su contenido de armonía
entre los pueblos y de falta de beligerancia, que
era el significado original del que lo dotaron los
Profetas de Israel.
Así, acaba de concedérsele el Premio
Príncipe de Asturias a Eduard Said, a quien
los medios lo presentaron como alguien dedicado “a
resolver el conflicto de modo pacífico”. Les
faltaba el detalle de que la “solución pacífica”
de Said pasa por la destrucción de Israel y
que por ello se opuso a los acuerdos de Oslo. Claro,
para compensarlo, el premio fue compartido con un
judío. Uno que declaró que si ofreciera
un concierto en Damasco estaría encantado de
invitar al presidente de Siria (que como ustedes saben
es un demócrata ejemplar) pero que si el concierto
tuviera lugar en Israel de ningún modo invitaría
al Primer Ministro judío. En fin, se trata
obviamente de otro hombre “de paz”.
El
tercer procedimiento es la demonización. Lo
que en el pasado se perpetró con la imagen
del judío (a quien se lo presentaba como un
ser réprobo, confabulador, sanguinario) y con
la religión judía (vengativa y perversa),
luego se efectuó con el sionismo (al que se
alude como un movimiento siniestro con objetivos de
dominación mundial).
En tal modo se ha demonizado la figura del Primer
Ministro de Israel, que si un diario se limitara a
publicar un titular bisilábico que dijera simplemente
“Sharón”, ello bastaría para que el
lector medio tuviera funestas asociaciones mentales
de crueldad y fanatismo.
No
es fácil responder por qué la andanada
de antipatía contra Israel. Pero quisiera enfatizar
aquí cuál no es la causa. No hay ninguna
solidaridad con el pueblo palestino. Cuando Jordania
asesinó a miles de palestinos en 1970, o Kuwait
expulsó a más de cien mil en 1991, no
hubo muestras de solidaridad europea. Lo que motiva
a los medios no es defender a los palestinos sino
el placer de castigar a Israel. Arremeten solamente
cuando Israel puede ser presentado como el malo de
la película. Siglos de prejuicios atávicos
contra el judío hoy se vuelcan contra el judío
de entre los países. Sólo a Israel se
lo compara con el nazismo, sólo a Israel se
le cuestiona su mismo derecho a la existencia.
Por el contrario, a un corrupto dictador como Arafat,
se tiende a exaltarlo como un adalid de la justicia.
Esta infatuación europea con Arafat está
cambiando, pero durante años fue sumamente
nociva.
Hace unos días, en el más importante
de los diarios locales salió un reportaje a
Arafat que comenzaba con “¿Cómo se siente,
presidente?” El entrevistador abundaba en flores que
enaltecían la figura del entrevistado, en lugar
de cuestionarlo, como se espera de un buen periodista.
Arafat recibía argumentos de regalo. Le pregunta
por ejemplo “¿No lo extraña a Isaac
Rabin?”. Cuando recibe la infame respuesta de que
“los que asesinaron a Rabin son el gobierno de Israel”,
el periodista no replica. Es que en el caso del Medio
Oriente, hay una prostitución de la profesión
periodística. No se cuestiona en nada a una
de las partes, y surge de este modo una visión
maniquea del conflicto.
En este digno congreso en el que me honro de exponer,
hay presentes numerosos dirigentes judíos de
valía. Os sugiero por lo menos tres medidas
para contrarrestar la difamación de los medios
de prensa.
Una: nunca cejéis. Es muy frustrante y cansador,
pero no podemos abandonar la lid en manos de los judeófobos.
Aun si de cada cien cartas y notas que enviemos nos
publiquen sólo una, siempre valdrá el
esfuerzo.
Dos: no permitáis que la judeidad del periodista
os confunda. La judeofobia no es monopolio del gentil,
y a los medios les satisface utilizar voceros de apellidos
judíos para mancillar a Israel.
Tres: no pidáis disculpas. Cuando defendamos
la noble causa de Israel, no debemos comenzar por
defendernos. “Yo no estoy de acuerdo con el gobierno
israelí, pero...” Es un error. Porque lo que
el periodista registrará serán solamente
vuestras excusas. Los que deberían pedir disculpas
son los que defienden a los regímenes más
retrógrados que hay en la Tierra, a los terroristas
más despiadados, a la judeofobia más
deshumanizadora. Que ellos se defiendan; no nosotros.
Muchas gracias.
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