Henry
Mechoulan
Como
podran comprender, no puedo aceptar el reto de hablarles
del sefardismo europeo desde 1492 hasta hoy en veinte
minutos. Así es que tendremos que dejar a Portugal
y Italia, y aludiremos, nada más, a Inglaterra.
Escogeré, pues, dos paises que acogieron a los
marranos o mejor dicho a los criptojudíos y donde
pudieron desarrollar sus destinos de manera excepcional
: Francia y República de la Provincias Unidas,
es decir los Paises Bajos, más precisamente Amsterdan
que fue durante un siglo el deslumbrante escaparate
del judaísmo sefardí.
Estos dos paises no conocieron la Inquisición,
los ghettos, los distintivos humillantes, en pocas palabras,
no tuvieron que abdicar de las ansias de vivir, como
dice en sus memorias, escritas en el siglo XVII, Gluckel
Hameln, relatando la vida de los judíos de Altona
en Alemania: “Cada esposa daba cada dia gracias a Dios
cuando su marido volvia a llegar a su hogar por la noche
sano y salvo”.
¿Cuando
empezaron a emigrar a Francia los cristianos nuevos,
convertidos en tales por los bautismos forzados a los
que se vieron sometidos en Portugal el año 1497?
Sin duda, a raiz del establecimiento de la Inquisición
en Portugal en 1536. A partir de entonces, los Portugueses
instalados en Francia trataron de legalizar su situación,
para lo que solicitaron “documentos de nacionalidad”.
Los documentos conceden a los Portugueses conocidos
como “cristianos nuevos” autorización para establecerse
en el reino de Francia con todas sus familias, criados
y mercancias, y para abrir los negocios que les parezcan
más convenientes.
Los documentos reales conceden a los cristianos nuevos
un título de residencia, que les pone al abrigo
de cualquier clase de persecución.
El siglo XVI sefardí en Francia no está
aún suficientemente aclarado.
Por lo que respecta al siglo XVII, la documentación
es mucho más copiosa. Podemos trazar un mapa
bastante preciso de las comunidades que residían
entre San Juan de Luz y Rouen. Ese mapa comprendería
numerosas localidades del Suroeste francés; las
más importantes eran Bayona y Burdeos. No nos
olvidemos a La Rochelle, Nantes, El Havre, Rouen y,
hasta cierto punto, el propio París. Pero el
hecho más importante del siglo XVII sefardí
en Francia es la emergencia de la comunidad judeo-portuguesa
de Amsterdan.
En Burdeos, la colonia portuguesa disfrutaba de la protección
de los magistrados.
En Nantes, los portugueses se dividían entre
católicos y judaizantes. En estos últimos
hay que contar a Abraham d’Espinoza, abuelo del filósofo
Baruj Spinoza. La comunidad desapareció durante
la primera mitad del siglo XVII, después de haber
enviado a Amsterdan grandes contingentes de emigrantes.
En París, había una colonia portuguesa.
Tenía como jefe espiritual a Elías de
Montalto, llamado a Francia como médico particular
de la reina María de Medicis y, en cuanto tal,
autorizado, a título de excepción, a practicar
abiertamente el judaísmo. También en París
vivió algún tiempo Manuel Fernandes Villareal,
cónsul del reino portugués, que sería
quemado en Lisboa en 1652 por el delito de judaísmo.
La comunidad portuguesa de Rouen durante el siglo XVII
mantenía intensas relaciones comerciales que
servían de puente entre la península ibérica,
la región de Normandía y los Países
Bajos. Miembros de esta comunidad fueron dos grandes
poetas cuya obra “marránica” fue publicada en
Rouen y en Burdeos. En Rouen, João Pinto Delgado
publicó en 1672 el Poema de la Reina Ester; luego
pasó a Amsterdam. El otro poeta, Antonio Enríquez
Gómez publicó en Rouen varias obras, entre
las cuales un panfleto contra la Inquisición
titulado La política angélica, que pareció
en 1647.
La edad de oro de las comunidades judías portuguesas
comienza en Bayona con la última decada del siglo
XVII y, en Burdeos, con la segunda década del
siglo XVIII. Su característica principal es una
espléndida floración de instituciones
comunitarias, una práctica generalizada de las
obligaciones religiosas, y continuos contactos con Amsterdan,
la Diáspora y con Tierra Santa.
Al vivir en las inmediaciones de la frontera con España
y acoger una inmigración predominantemente española,
y sin renunciar, por otra parte, a una relación
estrecha con parientes, amigos y socios comerciales
residentes al otro lado de la frontera, los Portugueses
establecidos en Francia practican el español
en el seno de sus familias y en el ámbito de
la comunidad.
Las comunidades del Suroeste de Francia garantizan dos
cosas : la presencia del judaísmo al borde de
la península y una escala soñada para
los criptojudíos carentes de seguridad, de tranquilidad
y de libertad. En efecto, los Portugueses de Francia
no hacian muchos esfuerzos para esconder su judaísmo.
¿Hay
que explicar esa relativa tolerancia del poder por la
utilidad económica que reportan las comunidades
judías? El argumento es válido por lo
que se refiere a Burdeos, donde hay varias empresas
judías que se dedican a la industria pesada de
la marina, al tráfico marítimo con las
colonias y a actividades bancarias. Una de las más
ilustres fue la de David Gradis que amplió su
campo de operaciones hasta Inglaterra, Canadá
y las Antillas francesas. Los particulares que tienen
éxito en los negocios invierten sus beneficios
en inmuebles urbanos o en fincas rústicas. Pero
también hay una clase media baja y una clase
indigente que trabaja en sociedades “portuguesas”, o
que vive prácticamente en el umbral de la miseria.
La prohibición
de escudriñar la vida de los españoles
y portugueses implica evidentemente que se les conocia
como judíos. Estos fueron creando estructuras
familiares y colectivas conocidas bajo el nombre de
“nación”, con su gobierno regido por los parnassim,
es decir líderes, y gabay, tesorero. Los parnassim
gobiernan la nación y convocan las asambleas,
organizan la distribución de ayudas a los pobres,
vigilan la aplicación de los reglamentos y supervisan
los oratorios llamados esnogas o pomposamente sinagogas.
Con los
derechos políticos que se les otorgan a fines
del siglo XVIII desaparecen las “naciones” y quedan
los judíos que gozan con la Revolución
derechos de ciudadanos activos.
El hecho
global de la emancipación de los judíos
de Francia, decretada por la asamblea nacional en el
día 2 de septiembre de 1791, confirma la desaparición
de la Nación judía en cuanto tal.
Entre
el decreto napoleónico del 17 de marzo de 1808
y la ley de separación de la Iglesia y del Estado
de fecha 9 noviembre de 1905, el judaismo francés
estuvo gobernado por asambleas de notables, llamadas
Consistorios, bajo la tutela del Estado.
Los judíos de Francia, representados por la Asamblea
de notables (julio 1806 – abril de 1807), y el Gran
Sanhedrín (febrero-marzo de 1807) tuvieron que
definir su inserción legal en la nueva sociedad
francesa. Llegaron a un compromiso entre la ley judía
y la legislación del Estado. Tenemos que subrayar
que, en el seno de dichas asambleas, los sefarditas
desempeñaron una función totalmente desproporcionada
para el número de sus miembros.
Es un hecho que la primera sinagoga monumental, el primer
“templo” del siglo XIX francés, se inauguró
en Burdeos en mayo de 1812.
Los sefarditas se mantenían bien alerta sobre
lo que occuría en España. En 1851, al
enterarse de que se iba a abrir une carretera precisamente
por los terrenos que ocupaba el cementerio judío
medieval de Vitoria, el Consistorio de Bayona tomó
cartas en el asunto. Pues bien, no sólo se ganó
la causa y se desvió el trazado de la carretera,
sino que el ayuntamiento de Vitoria admitió el
derecho moral del Consistorio sobre aquellos terrenos.
En 1854, Philippson, rabino de Magdeburgo en Olanda,
emprendio una campaña a favor de la readmisión
de los judíos en el territorio español.
El consistorio de Bayona le apoyó incondicionalmente
y hasta comprometió en el asunto al Consistorio
central y a los consistorios de Burdeos y Marsella.
Una petición en este sentido, presentada a las
Cortes el 28 de febrero de 1855, llevó a votar
un texto en el que se estipulaba que nadie podía
ser discriminado por sus opiniones religiosas. Era el
preludio de la vuelta legal de los judíos a España.
Sería inútil hacer una lista exaustiva
de los sefarditas célebres que vivieron en Francia.
Podemos recordar que la madre del famoso filósofo
Montaigne era oriunda de una familia marrana llamada
López, en francés de Louppes.
En el
siglo XVIII Jacob Rodrigues Pereira fue el inventor
del lenguaje para sordomudos y condecorado por el rey
Luis XVI. Durante el siglo XIX, los hermanos Emilio
e Isaac Pereira, verdaderos innovadores en el campo
ecónomico, impulsaron la construcción
del ferrocaril, crearon dos bancos famosos, y sanearon
las tierras bajas de las Landas, en la región
de Gascuña.
A fines del siglo XIX, el banquero Daniel Illfa, conocido
bajo el nombre de Osiris fue un gran mecenas, y legó
su inmensa fortuna al Instituto Pasteur.
El sansimoniano Olindo Rodrígues redactó
en 1848 un Projet de constitution populaire pour la
république française. En el ámbito
de las artes, Camille Pissaro dejó una huella
indeleble en la pintura francesa.
En el siglo XX, Pierre Mendès France, gran economista
y político ejemplar, fue el mentor de muchas
generaciones. René Cassin, de Bayona, obtuvo
el premio Nobel de la paz por sus obras sobre el derecho
internacional.
La comunidad
sefardí de Francia, como la comunidad ashkenazí,
fué deportada y asesinada casi por completo por
los Nazis durante la segunda guerra mundial.
Para
hablar de la comunidad sefardí de Amsterdan,
dos palabras surgen : un milagro y una paradoja.
Los primeros miembros de la Nación que se afincaron
en Amsterdan hacia finales del siglo XVI llegaron como
católicos portugueses perseguidos por la Inquisición
ibérica. Fue Jacob Tirado, jefe de un grupito
de criptojudíos, núcleo de la futura comunidad,
quien en aquella época obtuvo de las autoridades
el permiso para la observancia del culto mosaico en
el ámbito privado.
Con el fin de concretar un estatuto para los judíos,
la administración de Amsterdan habia consultado
a una famosa autoridad en materia de derecho : Hugo
Grocio, de resultas de lo cual hubo para los judíos
un conjunto de medidas, a la vez restrictivas e inauditas,
publicadas bajo la forma de un decreto de 8 de noviembre
de 1616, de las cuales las más importantes fueron
las siguientes : se prohibirá a los judíos
toda manifestación o expresión que pudiera
ofender a la religión cristiana así como
la conversión o la circuncisión de personas
de origen cristiano. Asimismo, se les prohibirá
la relación sexual con mujeres cristianas. Sin
embargo, indirectamente, el decreto otorgaba reconocimiento
jurídico al asentamiento de los judíos
en la ciudad. Además incluía un juramento
especial que éstos debían prestar en cualquier
asunto que los llevara ante los tribunales. Los judíos
mayores de catorce años debían hacer una
declaración solemne en la que afirmaran su fe
en Dios creador y Señor del universo, en el carácter
divino de las Sagradas Escrituras y en la eternidad
del alma.
Así, por primera vez en la historia de la diaspora,
se exigió que los “nuevos judíos”, ex
marranos, practicasen no solamente su religión
abiertamente sino que la practicasen de manera ortodoxa.
Por eso he hablado de milagro.
Amsterdan
podría aceptar trecientas familias, pero se tiene
que subrayar que, en su número m·s elevado,
la comunidad judía sefardí nunca superó
el número de dos mil personas, es decir, el diez
por ciento de la población de la ciudad.
Los judíos no deberían vivir en barrios
separados ni llevar ninguna señal distintiva,
y gozarían de total libertad para establecer
comercios y manufacturas sin limitaciones. Tenían
la permisión de imprimir sin restricción
sus libros; sólo se les prohibían las
obras de polémica anticristianas. Se les prohibía
también toda clase de proselitismo. Por otra
parte, nadie podría molestarlos en sus ceremonias
ni llamarlos a declarar ante la justicia en s·bado.
Por último se les confería el derecho
a excomulgar a los transgresores de la fe judáica.
La comunidad
sefardí de Amsterdan era famosa por su organización
especialmente adaptada a las necesidades de sus miembros.
Sus multiples instituciones centralizaban y controlaban
la vida religiosa, social y cultural de la Nación
: era la tarea del mahamad, grupo de siete notables
y de un tesorero eligido cada dos años. Está
comunidad tuvo también sus cajas de beneficiencia
destinadas a acudir en ayuda de la población
judía en Amsterdan y en la tierra de Israel,
y al pago de rescates de judíos cautivos, victimas
de persecuciones o de actos de pirateria. Tenían
vínculos muy estrechos con la Tierra santa, y
uno de sus líderes más potentes, Abraham
Pereira, fundó en 1651 une yeshiva en Hebrón.
Como
estaba prohibido el comercio minorista y la posibilidad
de formar parte de los poderosos gremios de la ciudad,
los “judíos nuevos” se dedicaron a otras actividades
: habían conservado los vínculos con los
miembros de sus familias que se habían quedado
en la Península Ibérica o que habían
emigrado a casi todas las partes del mundo. Los éxitos
comerciales de los miembros de la Nación se debieron
a su conocimiento de las lenguas, a la inmensa red comercial
que constituía la diáspora. Desde la fundación
de la bolsa de Amsterdan a principios del siglo XVII,
desempeñaron el papel de corredores. Los más
afortunados invertían en la Bolsa y en las dos
compaÒías de las Indias, pero, sobre todo,
se dedicaban al gran comercio internacional y algunas
industrias específicas : industria de la seda,
la refineria del azúcar, la transformación
del tabaco y la talla de diamantes. Este gran comercio,
vinculado a la prosperidad general de Amsterdan, metrópolis
del dinero, no tiene por qué ocultar la existencia
de muchos judíos que se dedicaban a pequeños
oficios no controlados por los gremios : traperos, zapateros,
relojeros, etc.....
Pero, mientras que en otras partes de Europa se quemaban
los libros hebreos, los judíos de Amsterdan desarrollaron
la industria de sus libros al más alto nivel.
Este fenómeno se explica no solamente por la
jactanciosa voluntad de conservar una lengua de la que
se sentían orgullosos, sino también porque
estos desarraigados ignoraban el hebreo y tenían
que aprender en castellano los elementos fundamentales
de su religión ancestral y nueva a la vez.
Aquí surge una asombrosa paradoja : aunque España
est· en pleno declinar político en esta
primera mitad del siglo XVII, en esa misma época
llega al apogeo de su expansión intelectual,
cultural y artística. Todos los grandes nombres
del pensamiento español del Siglo de Oro son
contemporáneos de la instalación de los
criptojudíos en Amsterdan. Los grandes autores
judíos emplearon su conocimiento directo de las
fuentes de la teología cristiana para debatir
en polémicas famosas con los cristianos, y utilizaron
la cultura laica y teológica española
para atraer al judaísmo a los marranos de la
Península Ibérica. Entre muchos otros,
dos ejemplos fehacientes lo prueban : Menasseh ben Israel,
el más famoso rabino de Amsterdan se carteó
en castellano con los eruditos cristianos más
importantes de su tiempo. Escribió, salvo un
libro, toda su numerosa obra en castellano. Pensemos
en las dos obras suyas más famosas, El Conciliador,
y sobre todo, Esperanza de Israel, libro mesiánico
en el cual utiliza a numerosos historiadores españoles
y sobre todo la obra célebre de Gregorio García
Origen de los Indios. Otro ejemplo es la obra de Abrahan
Pereira el riquíssimo comerciante e importante
dirigente comunitario que se encastilló en la
defensa de la ortodoxia y del arrepentimiento, defensa
que escribio con tijeras, recortando párrafos
enteros de místicos españoles el siglo
XVI como Fray Luis de Granada o Diego de Estella, por
no hablar de Saavedra Fajardo y del mismo Quevedo, gran
antijudío.
Decenas y decenas de obras de liturgia o los grandes
clásicos del judaismo no eran acesibles más
que en español, y para dar un solo ejemplo, la
obra de Maimónides se tradució repetidamente
al español. El español era, pues, paso
obligado para comprender la palabra de Dios y no le
falta razón a Cecil Roth cuando le califica de
semisagrado. El portugués era la lengua del hogar
y del negocio.
En el ámbito de la poesía, destaca el
poeta Daniel Levi de Barrios que cultivó el estilo
barroco español, escribiendo tanto para los miembros
de su comunidad como para el público español
cristiano de Bruselas.
Importancia
muy especial merece otorgarse a la industria del libro,
especialidad del genio judío. Menasseh ben Israël
fue uno de los primeros impresores, pero el más
célebre fue José Atias que descubrió
con socios cristianos que el fervor religioso era también
un mercado importante y una parte aun más importante
de la prosperidad económica de Amsterdan. La
ciudad le honró y le condecoró. Pudo abrir
la puerta cerrada del gremio cristiano en 1667. Se preciaba
de haber vendido en Inglaterra un milión de Biblias.
La riqueza
de la comunidad y la tolerancia de la ciudad permitió
que se fraguase la gran sinagoga de Amsterdam, la más
importante sinagoga sefardí del mundo, inaugurada
en 1672 en presencia de las más altas autoridades
de la ciudad. Es una joya que hoy día todavia
se puede visitar.
En la
vertiente de la ortodoxia, tenemos que recordar el papel
deslumbrante de Menasseh ben Israël. Fue el rabino
humanista más conocido del mundo en el siglo
XVII. Fue también un gran diplomático
pues, en 1656, acudio a Londres para encontrar a Cromwell,
y logró que los judíos pudiesen retornar
a Inglaterra, país que los desterró en
el siglo XIII. A partir de este tiempo, Amsterdan fue
también un lugar de emigración sefardí
hacia Curação y después América
del Norte.
Esta comunidad tan rica, tan potente intelectualmente,
fue visitada y honrada por casi toda la Europa cristiana,
y los ex marranos, en medio siglo, construyeron el más
ilustre escaparate del sefardismo : Amsterdam, que se
llamó la Jerusalén del Norte.
Pero existió otra vertiente: por primera vez
surgió en una comunidad la heterodoxia representada
por dos ilustres pensadores: un ilustre rebelde, Uriel
da Costa, y uno de los más grandes filosofos
del mundo, Baruj de Spinoza, que negó en su obra
la libertad, fundamento del judaísmo, y sobre
todo el carácter divino de la Escritura. La comunidad
le procesó y fue excomulgado en 1656.
Después de la invasión francesa de 1672,
surgieron figuras importantes como el barón Manuel
de Belmonte (Isaac Nuñez Belmonte para los suyos),
agente del rey de España en Amsterdan, o el barón
Francisco López Suasso que adelantó los
fondos para que Guillermo III pudiera ascender al trono
de Inglaterra.
A principios
del siglo XVIII empieza para Amsterdam un ocaso debido
al poder y al desarollo económico de Inglaterra
y sobre todo a la demografía. La comunidad judía
padeció mucho en esta coyuntura.
La vida judía, a pesar de que la Academia Ets
Haim continuaba formando maestros y rabinos, decayó.
Los rabinos no eran los sabios de antaño, pero
todavia quedaban magnates y se sabe que el joven Mozart
tocó el clavicordio en casa de los Pereiras,
de los Suasso y de los Texeira. Los judíos estaban
más integrados en la ciudad, y el castellano
como el portugues desaparecen poco a poco como lenguas
habladas de los judíos. Ahora vida judía
y vida holandesa se confundían. El ilustre doctor
Samuel Sarphati se esforzó por mejorar la salud
de las clases trabajadoras, trabajando para el bien
de todos los pobres de Amsterdan, fueran o no judíos.
Las escuelas
de la comunidad portuguesa se fueron despoblando y la
última cerró en 1870. Quedó unicamente
una enseñanza religiosa complementaria y la Academia
Ets Haim. Hasta la segunda guerra mundial funcionaron
un hospicio y un hospital portugueses.
El bicentenario de la sinagoga portuguesa de Amsterdam
en 1875 dio lugar a una gran ceremonia. Los burgomaestres
y el representante del rey contemplaban cómo
cobraba vida aquel marco de antiguo esplendor.
A principios del siglo XX, la vieja comunidad, orgullosa
de su glorioso pasado, consiguió mantenerse,
pero muy rapidamente surgió el tiempo de la desgracia.
Casi todos los judíos de origen ibérico
creyeron que podrían salvar la vida por ser de
estirpe española. Fue un sueño que se
convirtió muy pronto en una horrenda pesadilla.
Tras la liberación de los Paises Bajos en 1945,
la tragedia de la deportación apareció
en toda su extensión. De los 160.000 judíos
que vivian en los Paises Bajos en los años 40,
sólo quedaban 20.000 entre los supervivientes,
no había más que 200 judíos portugueses.
La comemoración del tricentenario del venerable
edificio en 1975 fue asimismo una ocasión especial
para rememorar el pasado y pensar en el futuro. El creciente
interés de los investigadores del mundo entero
por la famosa comunidad judía del los Paises
Bajos, y sobre todo la de Amsterdan, hace revivir su
increible aventura y la historia de su antiguo espendor.